¿Para qué sirve el amor?/À quoi ça sert l’amour?

Ojalá existiera un manual de utilización para el amor. Así podríamos conocer con antelación la manera de hacerlo funcionar y apagarlo a nuestro antojo cuando necesitemos prescindir de él. Creo que si buscamos una definición esta no alcanzaría a encajar en todo ese universo sicodélico en el que gravita el amor. ¿Y si intentamos hallar las pistas para reconocerlo y huir de él para que no nos alcance? No. ¿Por qué haríamos eso si se supone que una de las cosas que nos aporta el amor es la felicidad?…Hay una lista de cosas que me hacen pensar en el amor porque lo he experimentado en muchas situaciones. Hay que reconocer que existen diversas clases. Intentaré no poner muchos adjetivos.

Siendo sincera, haré mi mayor esfuerzo para hablar del amor de una forma “objetiva” (así crea que no existe la objetividad). Por ello, apelaré a aquellas sensaciones, recuerdos en mi memoria, que me han llevado a identificar el amor. Quizá sea un salto desordenado a momentos intensos que se han quedado grabados en mi mente. Pero lo importante es esa emoción, incomprensible a veces, que ha dejado en mí ser una palabra de cuatro letras que es a veces pesada, otras liviana, cercana y, en ocasiones, lejana, distante, efímera y pasajera (y bueno trataré de poner menos adjetivos…).

Cuando el amor entra por el olfato

El café es mi amor de las mañanas. Lo que más me gusta de él es su aroma. Ahora que lo pienso, no lo puedo definir. Si alguien me pregunta: ¿A qué huele el café?, le respondería: “A café”. De lo que sí puedo hablar es de mis sentimientos. Para mí una taza de café en las mañanas es una de las motivaciones para levantarme. Sí. La primera dosis de café es la que me da energías y me anima a empezar el día.

El café, mi amor
El café, mi amor

Sin embargo, ese amor que entra delicadamente en mi olfato y lo degusto con emoción muy temprano, se puede convertir en una pesadilla el resto del día. Cuando no pongo cuidado a la cantidad de tazas y hago un café muy “venenoso” como lo califica una amiga, sufro las consecuencias de los excesos de cafeína. Entonces mi cuerpo se acelera, me duele el estómago y no la paso tan bien. Allí es cuando mi amor mañanero me lastima y me toca comenzar a alejarlo para proteger mi salud. Y cuando volvemos a encontrarnos, prometo mantener la cordura y por un tiempo todo marcha bien hasta que se me olvida.

La mejor manera de explicarles gráficamente los efectos de los excesos de cafeína en mi cuerpo (o el de muchos porque no soy la única) es este video que me hizo descubrir un profesor de la Alianza Francesa de Cali hace ya algunos años. La canción se llama “Le café” (El café) de Oldelaf & Monsieur D. Video ClipStéphanie Marguerite et Emilie Tarascou.

Aún sigo enamorada de esta soporífera bebida. Aunque me dejé “como ropa de trabajo”[1], de cuando en vez, en nuestros repetitivos encuentros.

Cuando el amor es arte y danza

No puedo negar que siempre he querido ser una artista. De niña me gustaba crear mundos imaginarios a través de las letras. Narraba historias increíbles en donde yo era siempre la Mujer Maravilla. Leía mucho para aprender a escribir. Ahora que soy adulta, sigo viendo la escritura como mi escape de la realidad y aunque me recargo de felicidad cuando mis artículos o escritos están culminados, siempre termino cansada porque mis rutinas de escritura son hasta muy tarde en la noche. Allí es donde se juntan mis dos amores: el café que ya no es mañanero si no “transnochero” y la escritura, borracha del sueño y a la vez feliz por estar terminada. Como estrategia para no alejarla por el cansancio, intento hacer lluvias de ideas durante el día, pensar en mis textos mientras hago bici y forzarme a escribir en horas normales. Pero no siempre funciona y termino en amores y desvelos, con el corazón contento, los ojitos hinchados y el estómago adolorido.

La danza si es un amor reciente. Lo encontré buscando una forma de explorar otra parte de mí. Este amor me hace sudar y entrena mi memoria. Soy feliz bailando y no cambio por nada a Makondo, Corporación Cultural. Sin embargo, también me ha hecho sufrir. Pero no es un sufrimiento que lastima. Por el contrario, me ha ayudado a crecer. Siempre he vivido el estereotipo de ser una mujer afro. Me explico: la gente piensa que la melanina es directamente proporcional a las competencias dancísticas o al “tumbao” y, aunque a veces es el caso, en mí definitivamente no aplica o no aplicaba porque ahora que soy makondiana, estoy aprendiendo a bailar.

Y repito: estoy contenta. Pero me ha generado frustración tener que entender que bailar no es algo que se me da muy fácil como otras cosas (zapatero a tus zapatos). Y debo ser paciente para ver la evolución. Esa frustración o sufrimiento, me ha dejado muchos aprendizajes. Uno de ellos es exigirle a mi cuerpo y a mi memoria y ser disciplinada. Como prueba del desarrollo de mis habilidades y de mis enormes ganas de aprender, me gradué hace poco como makondiana con una danza que para mí fue un reto. La puya, ese ritmo de la Costa Atlántica, ritmo de negros que me llega al alma, me empujó a moverme a pesar de no encajar en el estereotipo. Otro de mis amores es la danza folclórica y con ese amor está Makondo, Corporación Cultural y todos los makondianos.

Cuando el amor es romántico y extravagante

Parte de esa incertidumbre por descifrar el amor y saber cómo utilizarlo ha sido solventada por mi amor a la danza folclórica. Fue bailando que encontré las pistas. Si el amor es una dualidad o una marejada de sentimientos opuestos y relacionados, si este causa sufrimiento pero también felicidad, lo que habría que hacer es aferrarse a una misma. Debo explicarme. Por ejemplo, cada vez que bailo y siento que me cuesta aprender una coreografía, debo concentrarme y confiar en mí. Debo hablar conmigo misma y afrontar el reto. Eso me hace más capaz, más grande, me acerca más a la artista que siempre he querido ser.

Es lo mismo para el amor de pareja. Gracias al amor aprendo a encontrarme conmigo misma y así conozco más cada uno de los personajes que me he inventado para enfrentar la vida. Esos personajes se alimentan de toda esa energía que pongo siempre a cada cosa que hago. Y, si bien siempre hay momentos donde quiero mandar todo al carajo, el amor propio es lo que me empuja a seguir. En últimas soy yo mi amor más preciado y si un amor de pareja quiere caminar conmigo le diré: “Vamos a ver” como lo dice un sabio filósofo loco. Quizás diciéndole “Vamos a ver” lo invito a descubrir todas esas sensaciones extravagantes que completan el amor y me ayudan a ser tan fuerte como la Mujer Maravilla.

No puedo dejar de poner el video animado de la canción de la cual robé el título para este artículo. La canción de Edith Piaf y la animación de Louis clichy. La canción y el video muestran muy claramente lo que puede ser el amor. No es que sea un tormento pero no todo es dicha y felicidad. Sin embargo, esos momentos de tensión son los que nos permiten crecer y ser más fuertes. Esa es la paradoja.

Tengo otros amores y con ellos comparto alegrías desencantos y otros sentimientos plagados de matices. Así es el amor, diverso y versátil. Y yo soy mi primer amor.

[1] Expresión que equivale a decir: cansada, sin fuerzas, agotada, etc.

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